martes, 23 de enero de 2018

Los niños que sufren.




«Cuando los gobiernos temen a la gente, hay libertad. Cuando la gente teme al gobierno, hay tiranía».
«El árbol de la libertad debe ser vigorizado de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos: es su fertilizante natural».
Thomas Jefferson


La guerra estalla cuando el gobierno indica a los ciudadanos quiénes son sus enemigos. La revolución estalla cuando los ciudadanos se dan cuenta por sí mismos.




Veinticinco años después de que el caso Alcàsser se cerrara en falso, con uno de los supuestos culpables huido a perpetuidad y el otro ya liberado gracias a la doctrina Parot, no sólo no hemos avanzado nada de nada sino que hemos llegado a la absoluta impunidad para los secuestradores, torturadores y asesinos de niñas.

Pero, entretanto, ha quedado bastante claro que los padres ni siquiera tienen derecho al pataleo. Si se pliegan a las verdades oficiales quizás consigan una rutinaria simpatía de los medios y puede que alguna indemnización, pero si pierden los nervios –algo absolutamente comprensible- serán atacados por esos mismos medios, que los presentarán como trastornados, fabuladores y conspiranoicos e incluso puede que les caigan encima diversas demandas por injurias y calumnias que les pueden costar su libertad o fuertes multas.

Así pues, digámoslo claro. ¿Qué derechos tenemos los ciudadanos en realidad?

Parece que lo mínimo sería el derecho a la vida, pero ¿qué sucede en realidad cuando se esfuma una niña o una adolescente? Ya que el Estado ha fallado al ser incapaz de garantizar la seguridad de nuestros hijos, lo menos que se podría pedir es que se detuviera a los culpables y se rescatara a sus víctimas.

Pues bien, no conozco un solo caso en el que tal cosa haya sucedido. Por el contrario, nos hemos acostumbrado a uno de los siguientes desenlaces:

  • La víctima desaparece para siempre y jamás se detiene al culpable. 
  • La víctima desaparece para siempre y se nos proporciona un culpable.
  • Aparece el cadáver, pero no se produce detención alguna.
  • Aparece el cadáver y se nos proporciona un culpable.

Ahora bien, lo que no sucede nunca, nunca, es que la víctima sea rescatada sana y salva y se detenga al auténtico culpable o culpables. ¿Y callamos? ¿Qué clase de pueblo somos?

Hemos llegado a tal punto que los desventurados padres no aspiran más que a que se les devuelva el cuerpo sin vida de su hija, porque lo peor de todo es la incertidumbre de no saber qué ha pasado o qué está pasando.

Y ahora os pregunto, queridos lectores, ¿qué vamos a hacer para terminar con este impuesto de sangre que se nos ha obligado a aceptar? ¿Seguiremos con aquello de que “yo soy del partido X”, “yo soy del partido Y”, “yo soy de derechas”, “yo soy de izquierdas”, etc. ¿A qué estamos esperando para unirnos todos y exigir que se respete la vida de nuestros hijos? ¿A qué estamos esperando para terminar con la corrupción que nos ha invadido a todos los niveles, con los lobos que devoran a los corderos y con los vampiros que se alimentan de nuestra sangre?

La sociedad civil tiene que reaccionar. Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Demostremos que nos merecemos algo mucho mejor y tomemos las medidas para garantizar la seguridad de nuestros hijos y la justicia para todos. Que la democracia y los derechos establecidos en la Constitución sean una realidad y no una burla.  Y lo primero es ser capaz de decir NO. Que cada uno cumpla con su deber a todos los niveles y se restaurará la justicia. Que nadie tenga miedo a hacer lo correcto por miedo a las represalias del Sistema. No es fácil, pero no hay otro camino.

De nosotros depende.